Los reflectantes de la bicicleta cumplen su función sin necesidad de pilas ni luces encendidas, pero solo si su superficie está realmente limpia y en buen estado. El polvo acumulado durante los trayectos habituales puede reducir considerablemente su eficacia sin que resulte evidente a simple vista durante el día.
Una superficie cubierta de polvo fino refleja mucha menos luz que una limpia, lo cual reduce justo la capacidad que hace útil al reflectante en primer lugar. Pasar un paño ligeramente húmedo de vez en cuando devuelve gran parte de su brillo original sin apenas esfuerzo.
Revisar también la fijación
Además de la limpieza, conviene comprobar que cada reflectante sigue bien sujeto en su lugar, ya que las vibraciones del camino pueden aflojar con el tiempo los pequeños tornillos o clips que los mantienen colocados correctamente en pedales, ruedas o cuadro.
Un reflectante que se ha movido de su posición original puede quedar orientado hacia un ángulo poco útil, reduciendo su eficacia incluso estando limpio y en perfecto estado físico. Comprobar el ángulo desde varios lados ayuda a detectar este tipo de problema fácilmente.
Vale la pena revisar también si falta algún reflectante que se haya podido perder durante algún trayecto anterior, especialmente los más pequeños situados en los radios de las ruedas, que suelen pasar desapercibidos hasta que ya no están donde deberían estar.
Con los reflectantes limpios, bien colocados y completos, la bicicleta resulta mucho más visible para el resto de personas en la calzada. Esta pequeña revisión apenas lleva tiempo, pero aporta una seguridad notable en cualquier trayecto con poca luz.